Nace este blog en la ciudad de Lima. Es abril de 2010 y tras varias semanas de estancia siento el impulso de contar historias. Cotidianas algunas; otras, no tanto. Todas, consecuencia de enfrentar cada día una nueva realidad. El Historiador andaluz: adjetivo por mi procedencia; sustantivo, por la historia que me llevó a iniciar esta travesía, un edificio moderno del distrito de San Isidro levantado sobre la que fue residencia de Jorge Basadre. Esta y tantas historias que contar...

viernes 22 de abril de 2011

La Madrugá en Lima


Tres y media de la madrugada. Recién he dejado a Luca en su cuna después de darle el biberón y cambiarle pañal. Ha sido rápido, nada que ver con las largas sesiones de lactancia a las que se entrega Gaia siete veces al día. Creí morirme al despertar con su llanto, pero no es de esas citas que le permiten a uno hacerse el remolón. Además, me alegra saber que este pequeño esfuerzo le permite a ella descansar seis horas de un tirón, y a mí, tener un rato a solas con mi niño. Lo tengo en mis brazos, lo observo, le hablo...le pido que no me mire de esa manera porque se me acelera el corazón y me dan ganas de agobiarlo a besos y pellizcos en los mofletes. Me hace sonreír hasta cuando lo siento sobre mi regazo y giro su cabeza hacia la derecha, sobre la palma de mi mano, para ayudarlo con su chanchito (eructo). Y eso que se pone como a gruñir y muy colorado con el esfuerzo, que en seguida se ve recompensado.

Es viernes de madrugada, Viernes Santo y me doy el lujo de quedarme un rato escribiendo porque también en el Perú, como en la España pasada por agua, es feriado. Cuatro días para que Gaia y yo podamos disfrutar juntos de nuestro bebe de mes y medio, con sus ya más de tres kilos de peso, su mirada cada vez más expresiva. Es todo tal cual lo imaginé mientras esperábamos su llegada. Buenas noches.

domingo 3 de abril de 2011

A la sombra de un olivo



Atardece en Lima. Empieza a refrescar y aún disfrutamos del silencio propio de los fines de semana en este San Isidro estival. Carmelo se lame las patas a mi lado. Ha venido a instalarse junto a mí, en busca de cariño, y ahí está entregado a sus abluciones gatunas. Creo que percibe cómo las cosas han cambiado y que en esta casa ha dejado de ser el único destinatario de nuestros arrumacos.
He estado escribiendo correos a mi gente de allí, de España. Echo de menos aquello, sobre todo a mis padres y hermanos, con quienes querría compartir de cerca la inmensa dicha que sentimos; que pudieran apachurrar al nieto, al sobrino, a quien conocen por fotos y gracias al milagro de Skype. Es mi principal desvelo, mi más honda tribulación, tanto que a veces he de reprimir las lágrimas. Me entristece que se pierdan sus primeros meses de vida.
De cuando en cuando, Gaia me llama desde la habitación: «Amor, ven a verlo... mira sus manitas», y veo que las tiene muy abiertas, los deditos estirados, mientras succiona; o mientras lo cambia y le masajea las piernas: «Tráete la cámara, hazle una foto a su pie, mira el tamaño», y le hago la foto y me acerco a darle besos, en los pies tan minúsculos, en su barriguita, en los mofletes, donde disfruto más... Y desde aquí, en el salón, escucho cómo la madre le habla a su hijo, algunas frases en italiano, otras en español...
Quería subir algo al blog y pensaba que el momento más bonito del fin de semana ha sido el paseo con Luca por El Olivar. Es un parque precioso que me transporta a mi tierra, desde donde creo trajeron los primeros ejemplares en el siglo XVI. Ayer fuimos a desayunar con el bebe y decidimos que era el lugar idóneo para pasear orgullosos con él por primera vez. Algún día le contaré que fue allí, a miles de kilómetros de Andalucía, donde se estrenó sesteando, almorzando, en brazos de sus padres, a la sombra de un olivo.

domingo 27 de marzo de 2011

Sueño, ma non troppo

Lunes por la tarde. Hemos cenado muy temprano y saco un rato para sentarme a escribir las cosas maravillosas que estamos viviendo desde la llegada de Luca. Gaia me recuerda que hace pocos meses no era más que un frejolito en el monitor del ecógrafo y comentamos cuán milagrosa es la vida y qué delicioso es tenerlo entre nosotros. Porque encima de todo, Luca es lo que se dice un niño bueno y se ha instalado en casa sin demasiados aspavientos. Es cierto, se ha apoderado del tiempo y el espacio de forma absoluta, pero hace que todo parezca un regalo del cielo.

Incluso la falta de sueño, un preciado bien que cada día cuesta más trabajo poner en hora y recuperar, ni siquiera se presenta por el momento como un problema mayor. Por eso tratamos de organizarnos: hemos decidido que a mí me toca un biberón entre las doce y la una de la madrugada para que Gaia pueda dormir de corrido seis horas y retomar la lactancia a eso de las cuatro o las cinco. Muchos días, cuando me despierto a las seis para ir a trabajar, ella está ahí, a mi lado, desplegando dulzura para que Luca le diga con gestos si está o no ahíto para que los dos puedan volver a descansar.

Por lo demás, se habitúa este padre con regocijo a las tareas que le van siendo delegadas. Ese biberón nocturno que con verdadero placer le doy a pesar de que la modorra quiere poder más que yo; el cambio de pañales, más aquí he de anotar que un par de veces al niño ha habido que ponerle muda completa porque se le salió el pipí y, coincidentemente, ocurrió después de haber intervenido yo. En otra ocasión, recuerdo, se me llamó cariñosamente la atención porque le puse el pantaloncito sin haber cerrado los corchetes de esa cosa que se le pone primero y que se ajusta por debajo del pañal y que creo que es como un body en miniatura o algo así. Ah, y tampoco soy excesivamente ducho en ponerle la parte de arriba de cualquiera de sus conjuntos porque se me hace un mundo conseguir que pasen todos sus minúsculos dedos sin dejarme uno atrás o causarle algún daño. Pero lo voy a superar, denme un par de meses.

Así transcurren, pues, y en líneas muy generales, estos primeros días y noches con Luca en casa. Seguiría un rato más porque hay mucho que contar, pero Gaia me pregunta desde el dormitorio si no quiero disfrutar un rato de él antes de que se quede dormido. La respuesta es evidente, de manera que hasta una próxima ocasión.

jueves 17 de marzo de 2011

Ya lo tenemos aquí

Luca está ya en casa. Hoy he ido feliz a la clínica después de que Gaia me diera la ansiada noticia de que a nuestro hijo le habían dado el alta. Aún no llega a los dos kilos, mas el afán y esfuerzos de esta madre durante los días de incubadora han convencido al pediatra de que estábamos preparados para volar solos. Al menos ella, sería más justo afirmar, aunque estoy convencido de que yo no voy a desmerecer.

Esta mañana, sin ir más lejos. Eran los últimos momentos de Luca en la unidad de prematuros y en tanto rematábamos los trámites me quedé un rato con él en brazos. Así, de sopetón. Yo solito y a la vista de los médicos y enfermeras de turno. Gaia tenía que ausentarse y me lo dejó, que para eso soy el padre, ¿no? A ver quién se atreve a negarlo mirándonos a la cara al niño y a mí. De manera que Luca en mis brazos y yo cada vez más seguro y ufano hasta que comencé a notar algo de incomodo en el izquierdo, sobre el que reposaba plácidamente la diminuta cabecita de mi hijo. Y de verdad que no sabía cómo cambiarlo de posición. Bueno, sí, creo que sí sabía, pero tenía cierto temor a poner en práctica la teoría: «mira que si se me cae, qué desastre; y si lo hago mal y se viene corriendo una enfermera a llamarme la atención porque se le puede doblar el cuello; qué pasa si en el momento de la operación de cambio de brazo le da a la doctora por lanzarme una mirada de desaprobación desde detrás del mostrador...» Todo eso pensaba. Y tampoco era plan de pedir una manita -me la hubieran ofrecido amablemente- porque decía yo hace un momento que estábamos preparados para volar sin ayuda. Así que me aguanté y, ya rendido a la evidencia, me dejé seducir por el universo de mímica que puede llegar a concebir un bebito dormido, como he hecho a ratos desde que acudí a visitarlo por primera vez.

Luca parecía estar a gusto. Satisfecho tras libar de la fuente materna con su ya acostumbrada inclinación; cumplimentadas las abluciones, luciendo indumentaria blanca de estreno y envuelto en su frazadita como un tamal que, ciertamente, apetecía devorar. Conviene añadir que el susodicho baño, ejecutado con oficio por una de las enfermeras, fue oportunamente registrado por la cámara video-fotográfica de la que he venido abusado a lo largo de toda la semana. En fin, para cuando tengamos que refrescar conocimientos.

Así, pues, me lo entregaron. Yo allí sentado, el trajín de cunas seguía y fui espectador privilegiado de la entrada en escena de los dos últimos gemelos nacidos hoy en la Montesur. He de decir que tras una semana de visitas más o menos regulares a la sala de neonatología me he vuelto un experto. ¡Qué fácil es distinguir los niños de las niñas! Aunque en esto, seré sincero, ayuda el volante fucsia con que revisten las cunitas de las chicas y el celestito empleado para los chicos. Pero vamos, que se ve a leguas sin esta pequeña ayuda. Y cómo no, también está la dimensión musical de la experiencia. Hoy he reparado en ella con más celo, ya que por el momento el llanto de los bebes me resulta reparador. ¡Qué riqueza de escalas, con qué fuerzan se emplean a pesar de su corta edad! Pero ya habrá tiempo de volver sobre ello si continúa tomando altura este proyecto de diario de un padre cuarentón, primerizo y entusiasmado.

Voy cerrando por hoy. En Lima se ha puesto el sol hace ya rato y nos preparamos para nuestra primera noche con Luca en el dormitorio. Los gatos se han portado bien por ahora y hemos logrado mantenerlos a raya pese a su interés por conocer a esta flamante forma de vida que ha venido a hacerles la competencia. Siento curiosidad por ver cómo todos nos vamos adaptando a la nueva situación. Nuestro hijo duerme plácidamente en la cuna y creo que en este rato en el que trato de finiquitar el escrito me he levantado seis o siete veces a ver qué novedades encuentro ante cada ruidito que proviene de allí. Esta primera noche volando solos promete. No le acompañan sus enfermeras, ha cambiado la incubadora por el moisés y ya no se escucha de fondo un bip-bip. Ahora nos toca a nosotros, y a Luca le tranquiliza saber que lo queremos hacer muy bien.

domingo 13 de marzo de 2011

Gracias por Luca


No es cómodo el sofá-cama de la 302 en el que he tratado de conciliar el sueño las tres últimas noches. Situado estratégicamente bajo un antipático aparato de aire acondicionado de esos a los que nunca me acostumbraré, y que trato de mantener encendido el mayor tiempo posible a pedido de la madre-paciente, ocasiona para más horror un estruendo al menor movimiento, un rechinar clamoroso bajo la sábana por mor del forro de escay que sabiamente le han colocado. A cada intento de ajuste sobre el artilugio ha seguido una mirada de reojo a la cama-móvil de al lado con la esperanza de no haber perturbado el sueño de Gaia, con lo que el tal Morfeo -quien por otro lado no acude con mucha devoción a abrazarme en los últimos años- ha estado más ausente que nunca en mis primeros días como padre.

He de decir, sin embargo, que mis desvelos me han concedido el privilegio de proyectar mi futuro con sosiego, de imaginar cómo serán las cosas a partir de ahora, con Luca en nuestras vidas; y no descubro nada si digo que todo pinta maravilloso. Pero también he tenido tiempo de agradecer en silencio, recordar al equipo médico que nos ha ayudado en esta etapa que iniciamos Gaia y yo hace ya unos años. Lo curioso, aunque no esperaba otra cosa, es la normalidad con que ellos han afrontado el éxito del proceso, sin aspavientos, a pesar de haber sido protagonistas irreemplazables del acontecimiento más precioso que ambos hayamos vivido.

Y ahora que tenemos a Luca con nosotros, le doy vueltas al dilema de cómo expresar el inmenso agradecimiento que sentimos hacia Julio Díaz Pinillos, nuestro ginecólogo y obstetra. Un peruano de talla alta y voz grave, habla acelerada y atropellada, sonriente y de maneras cordiales; siempre con la frase oportuna en la boca para levantarnos el ánimo a pesar de los contratiempos y sinsabores. Porque a Julio acudimos cuando otros profesionales se empecinaban en negarnos el privilegio de ser padres; médicos españoles que optaban por el camino fácil, por cercenar para siempre las ilusiones de alguien que ahora casi quiere gritar que es madre.

Entonces nos vinimos al Perú en busca de esperanza y él nos la dio sin mayores problemas, como quien prescribe pastillas para el dolor de cabeza. Y aquí estamos, pasado un tiempo, después de haber superado otros pesares y momentos complicados que no lo fueron tanto gracias a su concurso.

Luca nació el miércoles y Julio estaba allí; como estaba una semana antes para decirnos que nuestro pequeño nacería prematuro porque la incubadora natural que ha sido el vientre de su madre durante siete meses y medio había cumplido con creces su misión y no daba para más. Lo dijo con su sonrisa habitual y a mí me dio mucha tranquilidad; la misma confianza que sentía el miércoles en el quirófano cuando cámara en mano observaba su proceder. Minutos más tarde se oyó a Luca llorar y Julio se lo entregó a la pediatra, que en menos de un minuto lo estaba acercando a su madre para el primer beso y que yo pudiera captar una imagen para el álbum familiar.

Escribo esto un domingo por la tarde en la Clínica Montesur. De tanto en tanto ojeo la prensa digital española para saber la última hora del terremoto de Japón y los resultados de la jornada futbolística. De fondo escucho a mis compañeros de Canal Sur Radio, para no echar tanto de menos el sonido de mi radio. Y se me ocurre una maldad, yo que, contradictoriamente, soy un apasionado-moderado de ese deporte, pero no de una inmensa mayoría de sus protagonistas. Digo que se me antoja pensar en cómo Julio y su equipo, las enfermeras, podrían haber celebrado el éxito del miércoles de haber sido futbolistas: me los imagino abrazándose en el suelo, haciendo una piña; o mejor, corriendo por el pasillo y tirándose en plancha para deleite de la grada. O ¿por qué no?, a Margarita y el resto de enfermeras que cuidan de Luca y de sus amiguitos y amiguitas prematuros en la sala de neonatología. Bien podrían quejarse ante los periodistas de los turnos de 24 horas que tienen que hacer, y de cómo ellas no pueden fallar a puerta vacía porque lo que tienen entre manos no es precisamente un balón.

Como Julio y su equipo, como esas enfermeras que nos ayudan estos días a ser mejores padres para Luca, hay otros muchos. Pero siempre recordaré los rostros que he visto estos días en esta clínica limeña. Y tengo que insistir: porque han sido protagonistas imprescindibles en el acontecimiento más bonito de nuestras vidas. Espero no olvidarlo nunca, ni siquiera cuando celebre emocionado junto mi hijo algún triunfo deportivo o de otra índole. Entonces le recordaré a Luca lo que a buen seguro su madre y yo le vamos a enseñar: el aprecio por los héroes anónimos que habrá siempre a su alrededor, y que sepa distinguirlos de los que lucen con un brillo artificial.

viernes 11 de marzo de 2011

Con Luca

Viernes, 11 de marzo. Amaneció hace ya rato. Son las ocho y media de un día complicado para este mundo. La tierra ha temblado en el Pacífico y en el Perú se mira de reojo lo ocurrido en Japón, aunque las autoridades han tranquilizado a quienes comenzaban a inquietarse en las zonas costeras ante la probable llegada del tsunami a estas latitudes. Las olas serán de baja altura, apenas un metro, pero hay que esperar a las siete de la tarde para conocer el alcance de lo que ocurra.

A mi lado, Gaia está en un duermevela interrumpido constantemente por enfermeras que entran y salen de la habitación a proceder con las actividades propias de una mañana de hospital. Apenas recuerdo sus nombres, son tantas; sí, la amabilidad en el trato. Y el pediatra, que recién nos comentaba lo saludable que sigue nuestro pequeño Luca, allí abajo, en la sala de neonatología. Se nos presentaba ayer, no por sorpresa pero prematuro, con un fuerte llanto para decirnos que a la una menos cinco minutos de la tarde de este 10 de marzo de 2011 comenzaba el resto de nuestras vidas. Se me pasan por la cabeza mil ideas pero el trajín me impide encadenar las palabras con algo de sentido. Ha llegado alguna visita, suena el teléfono, traen arreglos florales a la puerta, la abuela materna comenta con su hija la carta astral, esa suerte de cuadraturas de la luna con no sé qué planteas, o quién sabe; y más importante, Luca nos espera para poder abrazarlo por primera vez. Subo esto al blog porque a estas alturas son ya las doce menos cuarto y no me quiero eternizar.

sábado 26 de febrero de 2011

Aquí un matón



Si te encuentras por la calle al tipo de la foto conviene que sepas quién es. Hasta hace unos días, yo escuchaba con interés su programa matinal en Radio Capital. Lo hacía porque era ameno, interesante y abierto a recibir las opiniones de la audiencia. Una radio fresca y dinámica, como otros programas de esta emisora del principal grupo radial del Perú. Y escuchaba, eso sí, desde la discrepancia en torno a muchas de sus opiniones, que acostumbra a expresar con un ardor que en ocasiones alcanza la vehemencia. Pero he decidido retirarle mi confianza; así, de un día para otro, por principios; por la misma razón que tiempo atrás rechacé seguir comprando y leyendo determinados periódicos peruanos y dejé de empeñarme en encontrar algo parecido a la integridad y la rectitud en los programas informativos de la televisión de este país. El personaje se llama Philips Butters y lamentablemente he descubierto que es un matón; un bravucón que se jacta de serlo y hace ostentación de ello en su programa radiofónico, con lo que se convierte en altavoz de quienes se sirven de la violencia para hacer valer sus ideas.

De manera que el señor Butters es un baladrón, y su penúltima bravata ha tenido como objetivo el colectivo de homosexuales que días atrás había hecho, con besos entre varias parejas, pública manifestación de su rechazo a las diatribas del cardenal Juan Luis Cipriani -famoso, por cierto, entre otras frases célebres, por afirmar que "los derechos humanos son una cojudez"-. Esa protesta, conviene añadir, fue disuelta a golpes por la Policía.

Pero no contento con su amenaza de patear y golpear a una pareja de gays o lesbianas que tenga la imprudencia de darse un beso en la calle cuando él camine por el lugar con su hija, este proyecto de ser humano dirige ahora sus amenazas al actor Carlos Carlín, quien se sienta cada día frente al micrófono para conducir un programa vespertino en el mismo estudio de Radio Capital. Carlín, con su guasa habitual, intercambió bromas con otro artista sobre la posibilidad de ir a besarse frente a la casa de Butters; y este, cómo no, ha amenazado con "romperle el alma a los dos".

El caso de Butters es paradigmático en la muy homofóbica sociedad peruana, pero su connatural desprecio a este colectivo es tanto más peligroso cuanto mayor el alcance y audiencia de su discurso en el medio de comunicación que le sirve de altavoz. La noticia del enfrentamiento con Carlín la he leído en la edición de hoy del diario La República. Qué triste, la han incluido en la sección de espectáculos, justo después del enésimo episodio de basura baylyca que el periodista-escritor-autor de No se lo digas a nadie y su ex-novio-bloguero-presunto escritor y amante despechado nos tiran habitualmente a la cara desde este y otros medios de comunicación. Qué triste, sí; ¿por qué no ubicar esta información en la página 19, sección Sociedad, donde nos informan de las amenazas de muerte que está recibiendo en su casa el activista del Movimiento Gay de Lima Alberto Chávez? Si quienes amenazan con matar a Alberto tienen éxito y se propala su hazaña, Philips Butters podrá caminar seguro junto a su hija por las calles de Lima: posiblemente no encuentre maricones a los que patear.

P.D.
Había pensado que esta es una buena causa para resucitar el mortecino blog del historiador andaluz.