Luca está ya en casa. Hoy he ido feliz a la clínica después de que Gaia me diera la ansiada noticia de que a nuestro hijo le habían dado el alta. Aún no llega a los dos kilos, mas el afán y esfuerzos de esta madre durante los días de incubadora han convencido al pediatra de que estábamos preparados para volar solos. Al menos ella, sería más justo afirmar, aunque estoy convencido de que yo no voy a desmerecer.
Esta mañana, sin ir más lejos. Eran los últimos momentos de Luca en la unidad de prematuros y en tanto rematábamos los trámites me quedé un rato con él en brazos. Así, de sopetón. Yo solito y a la vista de los médicos y enfermeras de turno. Gaia tenía que ausentarse y me lo dejó, que para eso soy el padre, ¿no? A ver quién se atreve a negarlo mirándonos a la cara al niño y a mí. De manera que Luca en mis brazos y yo cada vez más seguro y ufano hasta que comencé a notar algo de incomodo en el izquierdo, sobre el que reposaba plácidamente la diminuta cabecita de mi hijo. Y de verdad que no sabía cómo cambiarlo de posición. Bueno, sí, creo que sí sabía, pero tenía cierto temor a poner en práctica la teoría: «mira que si se me cae, qué desastre; y si lo hago mal y se viene corriendo una enfermera a llamarme la atención porque se le puede doblar el cuello; qué pasa si en el momento de la operación de cambio de brazo le da a la doctora por lanzarme una mirada de desaprobación desde detrás del mostrador...» Todo eso pensaba. Y tampoco era plan de pedir una manita -me la hubieran ofrecido amablemente- porque decía yo hace un momento que estábamos preparados para volar sin ayuda. Así que me aguanté y, ya rendido a la evidencia, me dejé seducir por el universo de mímica que puede llegar a concebir un bebito dormido, como he hecho a ratos desde que acudí a visitarlo por primera vez.
Luca parecía estar a gusto. Satisfecho tras libar de la fuente materna con su ya acostumbrada inclinación; cumplimentadas las abluciones, luciendo indumentaria blanca de estreno y envuelto en su frazadita como un tamal que, ciertamente, apetecía devorar. Conviene añadir que el susodicho baño, ejecutado con oficio por una de las enfermeras, fue oportunamente registrado por la cámara video-fotográfica de la que he venido abusado a lo largo de toda la semana. En fin, para cuando tengamos que refrescar conocimientos.
Así, pues, me lo entregaron. Yo allí sentado, el trajín de cunas seguía y fui espectador privilegiado de la entrada en escena de los dos últimos gemelos nacidos hoy en la Montesur. He de decir que tras una semana de visitas más o menos regulares a la sala de neonatología me he vuelto un experto. ¡Qué fácil es distinguir los niños de las niñas! Aunque en esto, seré sincero, ayuda el volante fucsia con que revisten las cunitas de las chicas y el celestito empleado para los chicos. Pero vamos, que se ve a leguas sin esta pequeña ayuda. Y cómo no, también está la dimensión musical de la experiencia. Hoy he reparado en ella con más celo, ya que por el momento el llanto de los bebes me resulta reparador. ¡Qué riqueza de escalas, con qué fuerzan se emplean a pesar de su corta edad! Pero ya habrá tiempo de volver sobre ello si continúa tomando altura este proyecto de diario de un padre cuarentón, primerizo y entusiasmado.
Voy cerrando por hoy. En Lima se ha puesto el sol hace ya rato y nos preparamos para nuestra primera noche con Luca en el dormitorio. Los gatos se han portado bien por ahora y hemos logrado mantenerlos a raya pese a su interés por conocer a esta flamante forma de vida que ha venido a hacerles la competencia. Siento curiosidad por ver cómo todos nos vamos adaptando a la nueva situación. Nuestro hijo duerme plácidamente en la cuna y creo que en este rato en el que trato de finiquitar el escrito me he levantado seis o siete veces a ver qué novedades encuentro ante cada ruidito que proviene de allí. Esta primera noche volando solos promete. No le acompañan sus enfermeras, ha cambiado la incubadora por el moisés y ya no se escucha de fondo un bip-bip. Ahora nos toca a nosotros, y a Luca le tranquiliza saber que lo queremos hacer muy bien.