
He estado escribiendo correos a mi gente de allí, de España. Echo de menos aquello, sobre todo a mis padres y hermanos, con quienes querría compartir de cerca la inmensa dicha que sentimos; que pudieran apachurrar al nieto, al sobrino, a quien conocen por fotos y gracias al milagro de Skype. Es mi principal desvelo, mi más honda tribulación, tanto que a veces he de reprimir las lágrimas. Me entristece que se pierdan sus primeros meses de vida.
De cuando en cuando, Gaia me llama desde la habitación: «Amor, ven a verlo... mira sus manitas», y veo que las tiene muy abiertas, los deditos estirados, mientras succiona; o mientras lo cambia y le masajea las piernas: «Tráete la cámara, hazle una foto a su pie, mira el tamaño», y le hago la foto y me acerco a darle besos, en los pies tan minúsculos, en su barriguita, en los mofletes, donde disfruto más... Y desde aquí, en el salón, escucho cómo la madre le habla a su hijo, algunas frases en italiano, otras en español...
Quería subir algo al blog y pensaba que el momento más bonito del fin de semana ha sido el paseo con Luca por El Olivar. Es un parque precioso que me transporta a mi tierra, desde donde creo trajeron los primeros ejemplares en el siglo XVI. Ayer fuimos a desayunar con el bebe y decidimos que era el lugar idóneo para pasear orgullosos con él por primera vez. Algún día le contaré que fue allí, a miles de kilómetros de Andalucía, donde se estrenó sesteando, almorzando, en brazos de sus padres, a la sombra de un olivo.

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